Recogió sus documentos, tenía prisa, su cita en el Registro, llegaba tarde, llegó tarde, sucio, con los documentos pisados, el funcionario de turno lo miró con desprecio, tenía su cuota de poder en un sistema burocrático, de él dependían vidas, sueños, pendientes del sello. Humillado largamente en ese día lluvioso en el que tropezó en el metro con la realidad de su piel, suspiraba el Chinchano, recordando las calles que le vieron nacer, caminos sin asfaltar que no llevaban a ninguna parte, olvidados, aislados, tiempos coloniales, panzas de barcos negreros cruzando con antepasados de otro continente.
También en su país multiétnico sufrió desde que vió la luz del sol en un bus interprovincial, en medio de un desierto costero. Los comentarios denigrantes de los demás pasajeros hizo que el conductor los dejara en una posta a esperar no se sabe muy bien qué. Los tuvo que ir a recoger el hermano de su tio que estaba a doscientos kilómetros esperándolos en el paradero final de aquel bus interprovincial.
